Los cielos son una marea de lluvia en total silencio con un ave despegando de un árbol volando hacia una elevación donde todo lo terrestre es sueño cristalino esta es la muerte son noches puras aguas en sinfonía reflejos y perfección de todo lo que fue de todo lo que sentí .
La mesa con su color y un poco de resfrío verde con ganas de rojo estrecha, tumbada en el cuarto que nadie visita justo esta mesa, o fracción de ella babeando una sangre amarga llorando las lágrimas de existir con dos latidos sonoros hechos de viejos testamentos la mesa o alguna de sus cuatro patas la tercera, tal vez, detrás del vínculo invisible confiando que la cuarta y la segunda la odian, la primera perdida como la última oración de un libro la mesa lejos de la confabulación incapaz de soportar ni un solo pelo más reina del rectángulo inservible verde a veces verificablemente vacía la mesa donde llegaré a morir algún día.
La tierra se abrió un abismo de luz como el etcétera del mañana en ese campo de posibilidad miré con asombro y pueril tentación el objeto de aspecto personal es el reflejo en mis ojos de mi otro reflejo las cosas saben a costas marítimas sus puntas emergen de forma enigmática es válido hablar de ellas como anocheceres y tocar – estas cosas – al son de un génesis pero no queda de otra, fatigarse entre las acrobacias del tiempo permanecer vivo pero acostado en esta vida empapada de hipótesis … era … sentía yo… desprender un anzuelo al corazón puro del misterio y esperar … algún acontecer. . .
Dos luces son la protuberancia de mi visión al costado la cerveza checa casi agotada no soy el único si yo picoteo el papel con una punta otros punzan el piso con sus pies y por su efímero movimiento mis dos luces confiesan la fragilidad de su fuego mientras tanto la atmósfera de mi cabeza recibe el fondo ambiguo de conversiones ajenas conjuntamente con los zumbidos modernos de un techno la variedad de mis temores oscila entre la potente metafísica del libro a mi izquierda y la interrogante de quién o qué soy el propósito actual es escribir un poema amplio como este irrepetible momento que ni yo ni otro volverá a tener y como las cosas en frente tienen una piel alucinógena no por la cerveza que casi termino sino por su inconcebible hecho de existir entre tanto, acaricio mi bigote que se siente como un animal vivo reposando en mis labios y el viento crudamente viajando sin color sobre las hojas y los techos del mundo todo esto, es – si las proposiciones son válidas – aspectos de una terrible vida una colección de datos insuficientes que intentan representar la abundancia de la existencia y la impotencia inherente de convertir este fenómeno en cosas habladas.
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