contra la luz

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Ya no visitaré a la luz
con débil cascara de astro
su sucia esencia de curva

es inacabable el modo de andar
y son ancianas fosas de oscuro
cada puñado de vivir se siembra
como agua en las noches enteras

ya no más
lucero que es punta arrastrada
son frescos los troncos de negro
y mi mirada los junta en cruz

quítenme el ritmo de vela
y déjenme la congoja vieja
como un pliegue de eternidad

ya no más
dura energía voluta
que son crudos garabatos
los de la sombra

y el arte abstracto de morir
no lleva rayos claros
en las arrugas de mi piel.

Poesía Contemporánea

en el patio

aurora_poema

No dejaré
pasar la nube
sin morderle
su triste morete
desde un banco
se borrará
el hilo del equilibrio
y quedará la aurora
encogida entre las manos
como arruga de pan;
no esperaré
el recuerdo aletear en la luz
sino nuevo y deforme
brillo sobre la nueva
tarde y los niños
en el patio
agarrando el olvido
con sus deditos
desplumándolo
como si fuera algodón
nieve o espuma.

Poesía Contemporánea

si soy sombra

si_soy_sombra_poema

si soy sombra
cuyo cuerpo es préstamo
una mínima superficie,
gris y engañada

reflejo de fragmento
clavado en una inmensa
caída.

soy cosa débil
de costra
o transparente espesura

mi destino es esperar
dentro de una cintura
de luz
y fundirme
con la ausencia.

si soy sombra
el corazón
habita el rincón
de madera, piel o calle
sin adhesión
transita como racimo
desgranando pétalos
de aire

si soy sombra
sé nada más
de un baile hueco
de flacas mutaciones

si soy sombra
mi infancia es distancia
voy como
humo senil
que deja la juventud
del fuego

si soy sombra
desvanecer
será simplemente
sembrar una luz
blanca debajo de
mis difusas huellas

si soy sombra
quiero ser la boca
que traga la luz.

 

 

Poesía Contemporánea

desde la calle vi el valle

valle de zozobra

Del valle amplio
extenso en cuna
de naturaleza
un paisaje de infinita zozobra
una apertura en el abierto
de la percepción
insondable distancia en instancia
de mis dedos a la punta
todo lo que no soy
de mundo a sueño
el abismo es mi luz
en la oscuridad del terreno
que es extensión
de todo lo que las palabras
no llegan a
comprender. . .

 

 

Poesía Siglo XXI

todo nace absurdo

Que soy uno de muchos  

muchos yos que fueron y serán 

los mundos que pueden haber 

por la increíble plasticidad de la energía 

cuantos universos y seres hubieron 

cuantos sueños inimaginables nacerán 

todo nace absurdo 

siendo en su fugacidad 

portador del tiempo 

siendo en su cansancio 

hijo de grandes eternidades 

nada basta 

es insuficiente ser humano 

un elogio al que se detuvo 

pensó, sintió, abismal incertidumbre

 la lenta muerte de una vibración 

todo nace absurdo 

aspecto oscuro de la beatitud 

fragmento sucio de la infinidad

dejo hoy de ser hombre 

para unirme con la oscilación de los dioses negros 

vacío entre franjas de luz

 potencial 

  posibilidad 

    alcance al ambiguo

vida eterna sin ojos

demencia por los corredores de la sustancia.

El avión

El avión se vio de mi ventana

 

de fondo el impresionismo de un sueño

 

se hacía y deshacía, el cielo, la nube, el tiempo

 

con la ley de una física

 

la sombra y la luz sobre el avión

 

el instante era oro

 

    una pluma cayendo… despacio

 

una dulce repetición

 

      otro, ¡otro avión!

 

otra totalidad, otro rincón

 

nada más existe – imposible.

 

Hay demasiado, incontenible reflejo

 

       ¿Cómo podré abarcar tanta luz?

 

la nube, el avión, el movimiento y la sombra.

 

Ahí están… ¿ahí están?

Poemas Nihilistas

La candela

 

Era precisamente esa actitud que me revolvía las entrañas más que la hipocresía de los políticos y las fechorías de la Iglesia. Percibía a lo largo de la avenida peatonal un gran desfile del más despreciable carácter, me sentía aterrorizado al percatarme de tal brutal condición y descubrir que no era ningún sueño pero la más concreta realidad. Bueno, tal vez exagero al llevar todo adjetivo a un valor superlativo. Quizá lo que descubrí en las aceras del siglo veintiuno no es lo más despreciable y brutal, pero más bien se trata de un resentimiento inconsciente que me mueve a calumniar un mundo que me ha tratado injustamente y en el que no he podido sobreponer mi voluntad. Pero tales consideraciones se las dejaremos a los intérpretes psicoanalistas y sigo convencido que me he percatado de una verdad ignorada—algo que verdaderamente me revuelve el estómago.Es momento de entrar en detalles. Iba caminando por la avenida central, hace dieciocho días para ser exactos, distraído por los vaivenes de la gente metropolitana; un pasatiempo que nunca ha de cansarme. Mirar esa multitud de extraños extraviados, vociferando contra los autobuses que se saltan el alto, hombres silbando a las mujeres, madres comprando  el juguete de moda que venden los ambulantes, amigos hablando entre sí con sonrisas, hombres seduciendo a mujeres que rechazan otro halago falso, mujeres que mueven su pompis con el paso de cada tacón, los niños abstraídos con el vuelo de palomas, todos esos personajes innumerables que uno se puede topar en las calles, mientras cada uno de ellos sigue como a un dictado escolar los comandos de su rutina.  Ese día no estuve por la ciudad con el fin único de captar todas imágenes efímeras de la vida cotidiana de las masas, sino que tenía la necesidad de recoger unos zapatos de vestir que estaba enmendando el señor Gutiérrez, propietario de una anticuada y pequeña zapatería, no de las que venden zapatos pero donde arreglan los mismos. Cuando llegué a su pequeño local había una pequeña fila, el señor Gutiérrez estaba atendiendo a una señora encorvada de sesenta años, de un pelo atigrado con manchas blancas y negras, impresión que solo pude explicar como efecto de reiteradas teñidas de pelo hechas en casa, y probablemente sin un espejo. Después de la pequeña señora se encontraba un regordete de considerable altura con un bigote negro y tieso que le cubría el labio superior. Su camisa tenía varios huecos y no le llegaba a cubrir toda su espalda. Sobre los jeans se asomaba una hendedura perpendicular al borde de esos apretados pantalones, lo que me hizo lamentar que su camisa fuera tan corta y expusiera tan sutilmente su peluda naturaleza. La cuestión es que estaba esperando en fila mientras mis ojos exploraban lo cotidiano cuando paran dos jovenzuelos recién salidos del colegio y se quedan platicando por la puerta del local. Sin intención ni esfuerzo su conversación fue registrada por mis oídos y lo que expresaron me llegó a trastornar. Los jóvenes conversaban sobre su futura educación, las razones por las que hay que optar por carreras lucrativas y prósperas, los futuros bienes materiales que tendrían, la cantidad de hijos que engendraría cada uno y la edad que esperarían morir. No puedo fundamentar mi enojo e irracional desasosiego que experimenté en esos momentos. Los dos continuaban en su conversación, optimistas, pragmáticos, centrados, como si tuvieran ochenta y cinco años y conocieran más allá de toda duda la trayectoria del mundo. Era ajena esa actitud a mis treinta y cinco años, no podía concebir como cualquier persona honesta puede desde sus deseos actuales y pasajeros programar todo el esquema de su vida. El señor Gutiérrez me despertó de mis sombrías meditaciones con un retumbante ‘eeyyy’, del que reaccioné con ingenua mirada y me acerqué al mostrador para retirar mis zapatos negros con una boleta blanca que sostenía en mi mano.Salí del local taciturno, un poco molesto e inquieto. Tal vez no he sido suficientemente explícito en mi narración y deben estar preguntándose porque un episodio ordinario como el anterior me haya llegado a afectar tanto. Es posible que pocas cosas ocupen más de mi pensamiento que la soledad y la muerte. No quiero aquí asustar a nadie ni exponerme como una de esas desamparadas almas que navegan entre depresión y depresión a raíz de su pesimismo y cinismo. Mi metodología con estos temas es sumamente sana y productiva, no trato de extraer argumentos para asediar esta ya agitada vida, sino encuentro en esos inauditos temas las fuentes de inexplicables revelaciones y extáticas emociones. La soledad no me ha parecido nunca tan insoportable, siempre la considero como la oportunidad para estar en contacto directo con aquello que somos, un tacto silencioso con este coloso mundo. La muerte es simplemente la advertencia que nos obliga a despertar de nuestra cómoda burbuja de quehaceres y distracciones, se trata de una sombra, un trazo oscuro entre este mundo de luz y colores, es lo que permite ver la silueta de todo lo que está vivo. Resulta fundamental para mí redescubrir ese contacto primordial con el mundo más que esquematizar la vida en abstracciones ilusorias.Así es que caminé por lo que pudieron ser dos o tres horas y en cada rostro metropolitano notaba esa inagotable sed por hacer cosas, construir, producir, reproducir, generar y gastar. No veía a nadie contemplando las nubes que rayaban el cielo encorvado, no había rastro de algún ser apasionado por el movimiento de las hojas en un árbol, o el sonido de la lluvia sobre los techos de zinc, o el vuelo fortuito de una mosca, o la suavidad de la tierra mojada. Todos estaban ocupados haciendo algo y si acaso solo los locos y los niños se detenían por segundos a apreciar un mundo extraño y encantador. ¿Dónde está ese asombro que experimentamos cuando pequeños?Y ya sé lo que muchos dirían. Déjate de vainas, póngase serio y olvide todas esas preocupaciones fútiles e innecesarias. La vida está aquí para vivirla, no para cuestionarla y explicarla. No entiendo muy claramente porque este mundo moderno a veces me revuelve el estómago y me hace nauseabundo. Solamente sé que yo no quemo candelas solo para quemarlas, yo las prendo para poder ver en la oscuridad. Y si esta vida es una candela, no vengo aquí a gastarla, más bien la enciendo para apreciar mejor lo que ella misma revela, es una oportunidad para explorar lo que ha estado por eternidades en la oscuridad y ahora se hace visible con nuestra presencia.