Un éctasis insensato

cosmos domo

 

 

El miedo y la inseguridad pueden ocultar la inspiración

     construyen murallas alrededor de pequeñas alegrías

y cuando la rutina se une a sus fechorías

regresamos al lodo, nos revolcamos como lombrices

        dejamos el devenir correr,

nace la servidumbre al olvido – conocemos la sombra del silencio

    hace tantos años inventamos el milagro del asombro

ilimitadas realidades habían en un juguete o el vuelo de una ave

    cuando la vibración de cada percepción nos revelaba

la divinidad no-escrita de cada segundo, como discípulos del encanto

 antes que el aprendizaje aburrido, la brutal repetición

          nos convirtió la existencia en algo trivial,

común entre hordas de humanos,

   indiferentes a la poesía de la piel,

        indolentes al brillo de los astros

          apáticos al arte de la respiración

inasible vapor de la imaginación

    exploradores incansables de riquezas perecederas

incapaces en la producción de una sola lucidez

   al nunca trasmutar el bullicio de los días

al tacto embriagado de un poema:

 mucho menos al éctasis insensato

del un baile enloquecido y solitario ante el domo del cosmos.

Mi Ventana

Mirar afuera era la única tranquilidad que podía cosechar dentro de mi angustiosa convicción de que el mundo era viejo, inútil y testarudo. Mirar a través de la ventana que se va nublando con los añejados cansancios, las trepadoras inercias que tapan el invisible del vidrio y ahogan el fragmento del momento con su inexorable oscuridad. Mirar las hojas salvajes bailar al tempestuoso ritmo del viento, sorprender a un insecto en su vuelo errático y absurdo, o quizá, ver humedecerse las partículas de atmósfera con el acercamiento de una feliz tormenta. Existía ahí afuera algo sublime y encantador, algo ajeno a la repetición de apagados pensamientos; dirían otros que estábamos envueltos por un sueño que nunca podremos acceder o entender– nuestro territorio se limita a la cruda realidad de lo ordinario. Con los años de mirar y mirar, el cuarto se tornaba cada vez más insustancial y lo que había afuera era lo único merecedor de atención y dedicación. ¿Estaba buscando algo inmortal, algún gozo inmaterial que me haría olvidar la monotonía de mi desgasto? Las respuestas siempre son incompletas y casi innecesarias, porque la misma naturaleza del universo es inseparable del misterio, la incógnita reinará sobre las ciencias y filosofías por el resto de la historia. Así que yo solo veía, veía las gotas del sol que visitaban en intervalos de éxtasis. La nubosidad de recuerdos me guiaba por el crecimiento de un arbusto que hoy día era un árbol completo: el cambio era la melodía de este sueño, el que reside dentro del cuarto y el que se desenvuelve al otro lado de mi solitaria ventana. Porque al fin y al cabo, ambas esferas son tan deleznables como un sueño pintado por el aliento de ángeles subterráneos. Mi función si acaso se limitaba a contemplar ese largo drama que surgía espontáneamente afuera de mi ventana y dentro de las paredes de mi pasajero cuarto…