
Una ave blanca
pura como el vuelo
se convirtió
en fondo negro
y alzó sus alas
dentro de mí
en un cataclismo ligero
suspendido casi
sobre la eternidad vacía
del alma olvidada

Que soy uno de muchos
muchos yos que fueron y serán
los mundos que pueden haber
por la increíble plasticidad de la energía
cuantos universos y seres hubieron
cuantos sueños inimaginables nacerán
todo nace absurdo
siendo en su fugacidad
portador del tiempo
siendo en su cansancio
hijo de grandes eternidades
nada basta
es insuficiente ser humano
un elogio al que se detuvo
pensó, sintió, abismal incertidumbre
la lenta muerte de una vibración
todo nace absurdo
aspecto oscuro de la beatitud
fragmento sucio de la infinidad
dejo hoy de ser hombre
para unirme con la oscilación de los dioses negros
vacío entre franjas de luz
potencial
posibilidad
alcance al ambiguo
vida eterna sin ojos
demencia por los corredores de la sustancia.

Me senté por tercera vez
donde hace mucho
consideré entender
la eternidad
escuché de nuevo
el paso del reloj
sentí adentro el pasar
el pudrir
un átomo consumiéndose
con el paso de la aguja
pero la eternidad
no la volví a encontrar –
¿estaría embriagado
cuando pensé
que la vida es simplemente el proceso
donde percibimos
las cosas que hemos de dejar atrás,
estaba ya loco cuando
dije:
sin aliento

Dejar un registro
Para la eternidad
Aunque sea un verbo confuso
Un solitario adjetivo
Un ambiguo pensamiento
Dejar palmado en la sustancia de un papel
La insustancial vida del hombre
Recordar los colores, el movimiento de las hojas en noviembre
Repasar los colochos de las nubes,
Las lágrimas del miedo
Dejar alguna palabra para ocultar el silencio
Aunque sea: ‘la casa era verde’
Lo que sea… algún registro de esta estadía
Aunque nadie lo lea, aunque nadie le importe
Dejar una evidencia…alguna esencia
Aunque nadie lo entienda,
Aunque no llegue a nadie…

Ya no hay más formas
cuando se olvida que existimos
nace una corriente que cruza
enteramente por la infinidad del tiempo
por la eternidad de la materia
se puede rozar la más distante partícula
de polvo
como la zona más profunda del
átomo partido
la vieja civilización de moléculas
vibran adentro
como recién nacido el universo
la alba radiante del primer contacto
con el fuego del caos benévolo
De las infinitas posibilidades de formas
conocimos una
de las miles de eras
vivimos esta
pero somos todo lo que una vez fue
somos todo lo que guarda
el porvenir.

Entra un pensamiento
Su origen es incierto,
pero ha entrado al núcleo de este instante
y llena este irrevocable momento
con la substancia de una suspirada realidad.
Los ojos miran sin esfuerzo
Capturan el reflejo de una luz
despojan la sombra del vacío
y transforman este segundo en:
percepción.
se repite el sonido de cada pauta
un latido por cada descanso de la aguja
agrega un grano de polvo
la visita a un rincón casi olvidado
se hunden las puntas de cada nervio
penetras la nube de la memoria
el fantasma del ayer, vive sigilosamente;
Llegan las cosas y parten, se dividen
se separan en hilos que ya no alcanzamos
regresan gemelos de hábitos una vez desistidos,
nacen cambios para nuevas incógnitas.
Lenta, deslizante se forma la eternidad.
No excluye lo fútil, recoge todo,
cada migaja de sentimiento, colecciona
el aburrimiento, la soledad, el recuerdo,
se nutre con las vidas de insectos y humanos,
seduce todo a tomar una pequeña porción
de su,
inmensidad.
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Danza, flotante risa
sobre los pequeños cosquilleos
de cada grano de materia
unido al gran evento desperdiciado
la eternidad del olvido
más grande que la expansión de los tiempos
El gozo de ver crecer y envejecer
cada esquina oxidada
el tronco podrido, sin voz
el ejército inerme del Propósito
perdido en huracanes de anarquía
La sorprendente dicha en el agónico final de Kleist!
La felicidad, la risa, la irresistible locura…
derribando la larga historia de seriedad
regresar al juego de la extinción
una irresistible tentación
sin miedo al mirar el caprichoso mundo
y decir:
‘eres tan bello que no me importa verte morir’
La risa que sobrará en ecos por las ciudades desiertas
un torbellino de felicidad
al borde del moribundo final

Era precisamente esa actitud que me revolvía las entrañas más que la hipocresía de los políticos y las fechorías de la Iglesia. Percibía a lo largo de la avenida peatonal un gran desfile del más despreciable carácter, me sentía aterrorizado al percatarme de tal brutal condición y descubrir que no era ningún sueño pero la más concreta realidad. Bueno, tal vez exagero al llevar todo adjetivo a un valor superlativo. Quizá lo que descubrí en las aceras del siglo veintiuno no es lo más despreciable y brutal, pero más bien se trata de un resentimiento inconsciente que me mueve a calumniar un mundo que me ha tratado injustamente y en el que no he podido sobreponer mi voluntad. Pero tales consideraciones se las dejaremos a los intérpretes psicoanalistas y sigo convencido que me he percatado de una verdad ignorada—algo que verdaderamente me revuelve el estómago.Es momento de entrar en detalles. Iba caminando por la avenida central, hace dieciocho días para ser exactos, distraído por los vaivenes de la gente metropolitana; un pasatiempo que nunca ha de cansarme. Mirar esa multitud de extraños extraviados, vociferando contra los autobuses que se saltan el alto, hombres silbando a las mujeres, madres comprando el juguete de moda que venden los ambulantes, amigos hablando entre sí con sonrisas, hombres seduciendo a mujeres que rechazan otro halago falso, mujeres que mueven su pompis con el paso de cada tacón, los niños abstraídos con el vuelo de palomas, todos esos personajes innumerables que uno se puede topar en las calles, mientras cada uno de ellos sigue como a un dictado escolar los comandos de su rutina. Ese día no estuve por la ciudad con el fin único de captar todas imágenes efímeras de la vida cotidiana de las masas, sino que tenía la necesidad de recoger unos zapatos de vestir que estaba enmendando el señor Gutiérrez, propietario de una anticuada y pequeña zapatería, no de las que venden zapatos pero donde arreglan los mismos. Cuando llegué a su pequeño local había una pequeña fila, el señor Gutiérrez estaba atendiendo a una señora encorvada de sesenta años, de un pelo atigrado con manchas blancas y negras, impresión que solo pude explicar como efecto de reiteradas teñidas de pelo hechas en casa, y probablemente sin un espejo. Después de la pequeña señora se encontraba un regordete de considerable altura con un bigote negro y tieso que le cubría el labio superior. Su camisa tenía varios huecos y no le llegaba a cubrir toda su espalda. Sobre los jeans se asomaba una hendedura perpendicular al borde de esos apretados pantalones, lo que me hizo lamentar que su camisa fuera tan corta y expusiera tan sutilmente su peluda naturaleza. La cuestión es que estaba esperando en fila mientras mis ojos exploraban lo cotidiano cuando paran dos jovenzuelos recién salidos del colegio y se quedan platicando por la puerta del local. Sin intención ni esfuerzo su conversación fue registrada por mis oídos y lo que expresaron me llegó a trastornar. Los jóvenes conversaban sobre su futura educación, las razones por las que hay que optar por carreras lucrativas y prósperas, los futuros bienes materiales que tendrían, la cantidad de hijos que engendraría cada uno y la edad que esperarían morir. No puedo fundamentar mi enojo e irracional desasosiego que experimenté en esos momentos. Los dos continuaban en su conversación, optimistas, pragmáticos, centrados, como si tuvieran ochenta y cinco años y conocieran más allá de toda duda la trayectoria del mundo. Era ajena esa actitud a mis treinta y cinco años, no podía concebir como cualquier persona honesta puede desde sus deseos actuales y pasajeros programar todo el esquema de su vida. El señor Gutiérrez me despertó de mis sombrías meditaciones con un retumbante ‘eeyyy’, del que reaccioné con ingenua mirada y me acerqué al mostrador para retirar mis zapatos negros con una boleta blanca que sostenía en mi mano.Salí del local taciturno, un poco molesto e inquieto. Tal vez no he sido suficientemente explícito en mi narración y deben estar preguntándose porque un episodio ordinario como el anterior me haya llegado a afectar tanto. Es posible que pocas cosas ocupen más de mi pensamiento que la soledad y la muerte. No quiero aquí asustar a nadie ni exponerme como una de esas desamparadas almas que navegan entre depresión y depresión a raíz de su pesimismo y cinismo. Mi metodología con estos temas es sumamente sana y productiva, no trato de extraer argumentos para asediar esta ya agitada vida, sino encuentro en esos inauditos temas las fuentes de inexplicables revelaciones y extáticas emociones. La soledad no me ha parecido nunca tan insoportable, siempre la considero como la oportunidad para estar en contacto directo con aquello que somos, un tacto silencioso con este coloso mundo. La muerte es simplemente la advertencia que nos obliga a despertar de nuestra cómoda burbuja de quehaceres y distracciones, se trata de una sombra, un trazo oscuro entre este mundo de luz y colores, es lo que permite ver la silueta de todo lo que está vivo. Resulta fundamental para mí redescubrir ese contacto primordial con el mundo más que esquematizar la vida en abstracciones ilusorias.Así es que caminé por lo que pudieron ser dos o tres horas y en cada rostro metropolitano notaba esa inagotable sed por hacer cosas, construir, producir, reproducir, generar y gastar. No veía a nadie contemplando las nubes que rayaban el cielo encorvado, no había rastro de algún ser apasionado por el movimiento de las hojas en un árbol, o el sonido de la lluvia sobre los techos de zinc, o el vuelo fortuito de una mosca, o la suavidad de la tierra mojada. Todos estaban ocupados haciendo algo y si acaso solo los locos y los niños se detenían por segundos a apreciar un mundo extraño y encantador. ¿Dónde está ese asombro que experimentamos cuando pequeños?Y ya sé lo que muchos dirían. Déjate de vainas, póngase serio y olvide todas esas preocupaciones fútiles e innecesarias. La vida está aquí para vivirla, no para cuestionarla y explicarla. No entiendo muy claramente porque este mundo moderno a veces me revuelve el estómago y me hace nauseabundo. Solamente sé que yo no quemo candelas solo para quemarlas, yo las prendo para poder ver en la oscuridad. Y si esta vida es una candela, no vengo aquí a gastarla, más bien la enciendo para apreciar mejor lo que ella misma revela, es una oportunidad para explorar lo que ha estado por eternidades en la oscuridad y ahora se hace visible con nuestra presencia.
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